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Colada morada, guaguas de pan y el recuerdo de nuestros seres queridos

Line illustration of colada morada, guaguas de pan and a family visiting a cemetery

En los días previos al 2 de noviembre, las panaderías ecuatorianas se llenan de figuras de pan decoradas con colores vivos. En los mercados aparecen las moras, los mortiños, la naranjilla y las hierbas aromáticas. Muchas familias se preparan para visitar los cementerios y algunas recorren largas distancias para regresar a los lugares donde descansan sus seres queridos.

Son las señales de la llegada del Día de los Difuntos, una tradición que reúne la memoria familiar, la gastronomía y costumbres transmitidas de generación en generación.

El sabor de los recuerdos

Pocas preparaciones están tan ligadas a una fecha ecuatoriana como la colada morada.

Esta bebida espesa, de intenso color morado, se elabora con harina de maíz, frutas, hierbas y especias. Cada familia tiene su receta, aunque entre los ingredientes habituales están la mora, el mortiño, la naranjilla, la piña y la canela.

Prepararla puede llevar varias horas, especialmente cuando se cocina en grandes cantidades para compartir con familiares y vecinos.

Su acompañante tradicional es la guagua de pan, una figura de masa con forma humana. La palabra guagua proviene del kichwa y significa bebé o niño.

Algunas se adornan con masa de colores; otras llevan glaseado y rellenos de mermelada o chocolate. Los niños suelen participar en la decoración, una forma de mantener viva la costumbre.

Aunque hoy se venden en panaderías y mercados de todo el país, muchas familias conservan la tradición de prepararlas en casa.

La relación entre la comida y los difuntos

El 2 de noviembre corresponde a la conmemoración católica de los Fieles Difuntos. En Ecuador, esta celebración se entrelazó con antiguas tradiciones indígenas dedicadas a honrar a los antepasados.

En algunas comunidades andinas, la relación entre vivos y fallecidos se entiende como un vínculo que continúa después de la muerte. Las ofrendas de alimentos, las oraciones y los encuentros familiares expresan esa conexión.

En los cementerios del país, las familias limpian las tumbas, llevan flores, encienden velas y recuerdan a sus parientes. Algunas visitas transcurren en silencio; otras se convierten en reuniones de varias generaciones.

En Otavalo y comunidades cercanas de Imbabura, las visitas pueden incluir papas, granos, cuy y chicha, que se comparten junto con las oraciones.

En los alrededores de Riobamba, Chambo y Guano se conserva la tradición del animero, una persona que recorre las calles durante la noche e invita a rezar por las almas de los difuntos.

En algunas comunidades de Cañar, el juego ritual del piruruy forma parte de las costumbres relacionadas con el recuerdo y las obligaciones hacia los familiares fallecidos.

Son prácticas propias de determinadas comunidades y familias, no necesariamente de provincias enteras. Algunas se mantienen con fuerza; otras han cambiado con el paso de las generaciones.

Tradiciones que cruzan fronteras

La colada morada y las guaguas de pan forman parte de la vida ecuatoriana mucho más allá de los lugares donde surgieron sus distintas recetas y costumbres.

Restaurantes y panaderías ofrecen versiones de temporada, las escuelas acercan estas tradiciones a los niños y los ecuatorianos que viven en el exterior preparan los sabores que les recuerdan su hogar.

Este año, el 2 de noviembre cae lunes, justo antes del feriado por la Independencia de Cuenca, el martes 3. Ambas fechas conforman un descanso de cuatro días, del 31 de octubre al 3 de noviembre.

Para muchas familias, es la oportunidad de regresar a sus comunidades, visitar las tumbas y reunirse con sus parientes.

La bebida morada y los panes decorados son los símbolos más visibles de esta celebración. Su significado más profundo está en las personas que recordamos y en los lazos familiares que permanecen.